Huesos desenterrados

Llegaste sin avisar, sin hacer ruido.
Con el sigilo de un lobo.
Con el silencio de la noche.
Desenterraste mis fríos huesos y los abrazaste.
Ofreciéndome el calor que se me había arrebatado.
Amamantado mis miedos para hacerlos despaparecer.
Confieso que no te esperaba.
No cabías en mis esquemas y los rompiste en dos.
Sin dudas y sin contemplaciones.
Desataste vendavales dentro de mi, llevando mis ruinas lejos, donde ya no podían dañarme.
Cicatrizaste mis labios cuarteados de insuflarme ganas y limpiaste mis ojos negros de la sal de lágrimas derramadas.
Tomaste mi mano muerta y la llevaste a tu pecho,  con tus latidos reviviste sentimientos que yacían inertes en algún baúl olvidado en el desván de mis caricias.
Azuzaste mis ejercitos en busca de batallas pasadas ganadas al tiempo que me servirían para renacer de cenizas mojadas.
Llegaste sin avisar, sin hacer ruido.
Y así, en silencio, te quedaste para siempre.

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